sábado, 25 de septiembre de 2010

ALICIA EN EL PAIS DE LA MARAVILLA

Alicia estaba empezando ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río sin hacer nada: se había asomado una o dos veces al libro que estaba leyendo su hermana, pero no tenía ni dibujos ni diálogos, y ¿de qué sirve un libro si no tiene dibujos o diálogos? se preguntaba Alicia.

Así pues, se puso a considerar (con algún trabajo, pues con el calor que hacía aquel día se sentía adormilada y torpe) si el placer de tejer una cadena de margaritas le valía la pena de levantarse para ir a recogerlas, cuando de golpe saltó corriendo cerca de ella un conejo blanco de ojos rosados.

La cosa no tenía nada de muy especial; pero tampoco le pareció a Alicia que tuviera nada de muy extraño que el conejo se dijera en voz alta: «¡Ay! ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Qué tarde voy a llegar! (cuando lo pensó más tarde, decidió que, ciertamente, le debía de haber llamado mucho la atención, mas en aquel momento todo le pareció de lo más natural); pero cuando vio que el conejo se sacaba, además, un reloj del bolsillo del chaleco, miraba la hora y luego se echaba a correr muy apresurado, Alicia se puso en pie de un brinco al darse cuenta repentinamente de que nunca había visto un conejo con chaleco y aún menos con un reloj de bolsillo. Y ardiendo de curiosidad, se puso a correr en pos del conejo a través de la pradera, justo para ver cómo se colaba raudo por una madriguera -que se abría al pie del seto.

Un momento después, Alicia también desaparecía por la madriguera, sin pararse a pensar cómo se las iba a arreglar para salir después.

Al principio, la madriguera era como un túnel que se extendía hacia adelante, pero de pronto torció hacia abajo, tan inopinadamente que Alicia no tuvo tiempo ni para pensar en detenerse y se encontró cayendo vertiginosamente por lo que parecía un pozo muy profundo.

Sea porque el pozo era en verdad muy profundo, sea porque en realidad estaba cayendo muy despacio, la cosa es que a medida que descendía Alicia pudo mirar alrededor suyo con toda tranquilidad y preguntarse qué es lo que le iba a suceder después. Primero intentó mirar hacia abajo para ver a dónde iba a dar: pero estaba todo demasiado oscuro; luego se fijó en las paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de armarios y anaqueles; aquí y allá se veían también mapas y cuadros colgados de algún clavo. Mientras caía, Alicia alcanzó a coger un jarro de una repisa y vio que tenía una etiqueta que decía: "MÉRMELADA DE NARANJA", pero con gran desilusión descubrió que estaba vacío. Como tenía miedo de que si tiraba el jarro a lo mejor le rompía la crisma a alguien que anduviera por abajo, se las arregló para dejarlo en uno de los armarios a cuyo lado estaba pasando a medida que seguía cayendo.



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